El grito de la
Lambertiana
Ese día lo recuerdo como pocos otros. El viento acrecentaba poco a poco para temor del silencio. Mucho ruido y hojas cubrían las calles del barrio. La tarde empezaba a marcar ritmo y la tormenta ya estaba allí.
Y yo recuerdo latente el grito de la lambertiana. Yo la oí llorar.
Lentamente, la lluvia empapaba las plantas; Ellas lo sabían. Ya olían el destino. Se sentía en el aire un angustiante y seco palpitar.
La vi más tarde, muchos años después. Tuvimos la posibilidad de despedirnos, yo no la conocía pero sabía de Ella. Al fin y al cabo nací años después de la tragedia y solo tengo una especie de recuerdos prenatales antes siquiera de ser concebido. Recuerdos implantados con una experiencia vívida de los hechos.
Ocurre que siempre la vi. Porque ahí entendí que yo podía, que yo era uno de ellos. Que podía escuchar el grito de la lambertiana.
Le ofrecí Luz y tuve miedo, pero le ofrecí como pude un poco de paz.
Sentí un escalofrío aturdidor de pies a cabeza y sentí amor, placer, calma.
Y nunca más la volví a ver.
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